Hace un tiempo Erich Fromm me dijo que todos cuando llegamos a este mundo buscamos evitar darnos cuenta de que estamos solos. La realidad que buscamos evitar es la de que somos solo uno y por eso pasamos toda nuestra vida queriendo ser dos. Gracias a Fromm pude encontrar la explicación a mi comportamiento y al de muchos, pero lo cierto es que este esclarecimiento deja un vacío en mí al decirme que eso que siento por otra persona es solo producto de una necesidad de no estar a solas conmigo misma. Difícil es aceptar que no hay magia en el aire y un alma gemela esperando por mí ahí afuera, sino que hay un problema de separatidad.
Según Erich lo mismo nos pasa con dios (una imagen que para mí no merece llevar mayúsculas), lo inventamos para sentirnos siempre acompañados por alguien y buscamos constantemente su aprobación. Ese es un engaño del que afortunadamente escapé y prefiero mil veces la soledad a creer en esa supuestamente justa voluntad todopoderosa. Pero del otro engaño, el de la media naranja, todavía no huí y desafortunadamente me resulta imposible pensar en hacerlo. Del dicho al hecho hay un gran trecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario