Caminando por Florida el vendedor nos había parecido misterioso. Yo hice un par de chistes acerca de los viajes en el tiempo y como estábamos al pedo y la plata sobraba, nos decidimos por comprar uno. La única razón por la cual mirarlo me remitía al pasado era por la antigüedad de su diseño, solo por eso, no se podía esperar más de un artefacto como ese. Sin embargo, ultimamente lo inesperado venía sucediendo y girar la tuerquita no nos dio el resultado deseado.
Ahí estábamos, en la misma calle, con otro atuendo y rodeadas de aquél grupo con el que habíamos asistido a comprar nuestros pasajes la semana anterior. Inmediatamente Vicky y yo intercambiamos miradas, las dos sabíamos muy bien lo que estaba pasando y supimos que había que disimular. Las decisiones que tomamos desde ese momento estaban dotadas de un consenso que no habíamos llegado a arreglar, pero que surgía naturalmente de nosotras. Cambiamos lo que no nos gustaba creyendo así que convertiríamos en maravillosos los momentos que habían sido buenos y en buenos aquéllos despreciables. Quisimos tener todo, explotar al máximo esta oportunidad que se nos había otorgado de volver atrás y salir victoriosas de una falla en la curva espacio-temporal. Un poco ingenuas, ¿no?
De más está decir que las cosas no resultaron como esperábamos y ahí entendí que la incertidumbre del futuro era necesaria. Toda una vida queriendo que lo que estaba por venir fuera obvio y predecible y nuestra única oportunidad estaba completamente arruinada por la ambición desmedida que nos poseyó. Era tan obvio que la vida no nos iba a hacer ningún regalo que no puedo entender como nos sentimos afortunadas con ese retroceso. Lo arruinamos todo, hasta nuestras propias cabezas. Día a día la locura se iba adueñando de nosotras, no se le podía explicar a nadie por lo que estábamos pasando y queríamos que todo fuera un mal sueño para vivir de pronto el despertar abrupto que te devuelve a la rutina. Nada volvió a ser lo mismo, ni en nosotras, ni alrededor nuestro. Ahora que conocíamos los saltos temporales temíamos uno nuevo todo el tiempo y no pudimos vivir ni un segundo de esa semana con tranquilidad.
Después de revivir tantos sucesos ya determinados, el final lo determinamos nosotras, nos reunimos en casa un día y destruimos el artefacto por completo; martillazos sobre la estructura y fuego en todos sus componentes. El procedimiento tuvo caracter de solución a todos nuestros problemas, se pudo ver en el disfrute que experimentábamos con cada toque de destrucción que le imponíamos a aquel objeto que había logrado desconfigurar nuestras vidas.
De todas formas, no se pudo deshacer lo hecho y todo lo vivido marcó también el final de nuestra relación; tanto mal nos habíamos hecho juntas que quizás lo mejor era no volver a cruzar palabra. Nuestra pesadilla no logró enseñarnos mucho, solo nos plantó más dudas y sabiendo que no había final feliz posible, optamos por el más triste.
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