domingo, 13 de marzo de 2011

Dejar de llorar.

Siempre que estoy muy triste me acuerdo de lo mismo. Me acuerdo del infierno, de la agonía, de llorar hasta quedarme dormida todas las noches, por semanas. Me acuerdo de la inminencia del final y de su peso. Me acuerdo de querer dormir para siempre y no tener las fuerzas para hacerlo. Me acuerdo de sentirme cansada, pesada y derrotada y me acuerdo muy bien de no saber por qué. Me acuerdo de querer detener las cosas y volver para atrás. Me acuerdo de sentir que todo era una pesadilla y a la vez saber que en realidad mi dolor era estar despierta. Me acuerdo de darme cuenta de que no podía estar más triste, de asimilar que había llegado a la cumbre del sufrimiento y de prometerme nunca más volver a llorar.
Después de haber llorado por lo más triste cualquier llanto me parece una falta de respeto. Desde ese momento sentirme triste implica mucho más, implica volver a un pasado muy oscuro y odiarme por estar sufriendo por algo que no es tan terrible como lo que ya pasó. Llorar es lastimarme un poquito más ahí donde ya sangra, es querer dejar de sentir para siempre y también es sentir más que nunca.

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