Estoy sumida en una realidad en la que todo parece relatable, leíble y atrapante. Camino mis días mirando a través de unos ojos nuevos que me invitan a narrarlo todo. La reunión del domingo a la noche, la previa salida a la heladería, hasta este viaje en colectivo podría llegar a convertirse en literatura. Sin embargo algo falta todavia. Sé párrafos enteros de lo que será mi primera novela, pero necesito un hilo, un tema, una idea que me tortura con su ausencia.
Se escuchó el golpe característico del portón que se cerraba, que en esa época solo sabía ser verde, como gran parte de la casa algunos años atrás. La marcha de los que entraron era distinta, no creo haber vuelto a ver nada así. Había en sus caras una mueca siniestra,tenían lo que alguna vez designé como "caras de muerte" y avanzaban hacia mi para contagiarme su pesadilla. Bastó con que entraran para que se supiera suficiente y en una escena muy comunicativa me lo dijeron todo sin pronunciar palabra. Se había muerto un mundo y el mío empezaba a su vez a tambalearse al borde del abismo.
El hombrecito que reposa sentado en un sillón en el living de mi mente tiene que levantarse a apretar el gatillo.
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