Hace cuatro años que se murió mi papá. Algún tiempo después tuvimos que llamar a un plomero para que venga a casa porque la ducha andaba un poco mal. El plomero resultó ser, en muchos aspectos, muy parecido a papá; apariencia similar, chistes ácidos e ingenio para arreglar cosas. No tardé en descubrir estas similitudes y el resto de mi familia tampoco. Ahora cada vez que viene no puedo dejar de observarlo e intento constantemente interactuar con él, el señor es tan simpático que no entiende los mecanismos de proyección que se activan en mi mente cuando lo veo y conversamos.
Por más triste o enfermo que pueda parecer esto, a mí me pone muy contenta, me gusta poder disfrutar de algo tan mundano como recibir a un plomero en mi casa y me encanta que cada tanto mi vida me regale situaciones así. Podría vivir de estas pequeñas cosas, de estos aislados hechos sin sentido y no estaría nunca preocupada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario