domingo, 29 de mayo de 2011

Basta, o no.

Hace muchos años quise ser dueña de una vida, cuando aún no me sentía dueña de la mía. El momento de la adjudicación fue un momento increíble, y esa vida que me dieron pasó a ser una de las cosas más importantes que tenía. Pasaron 10 años en los que no siempre estuve muy al tanto de los aconteceres de la vida que manejaba, pero lo sobrellevamos bien. Ahora se está por terminar y hay demasiado llanto, demasiado dolor y demasiadas preguntas. ¿Valió la pena haber optado por este rol? Tengo en mis manos el poder de decidir, cual dios, sobre el momento final de esa vida y no se siente nada bien. Creo haber disfrutado de mi papel y haber hecho lo mejor, pero nada es muy certero en esta crisis. No me siento capacitada para las decisiones que tengo que tomar, por más simples que puedan parecer a aquel ajeno a esta cuestión. Si hay que saber cuando parar, si la muerte debe ser digna, como dicen, entonces siempre hay que optar por el suicidio o por el asesinato (el sacrificio), o quizás no deberíamos traer más vidas a este mundo. Imposible saber cuando parar, imposible hacer balance con el pasado el presente y probable futuro y tomar una decisión que nos deje satisfechos. Imposible me resulta encontrar un equilibrio todo mi tiempo. Cansada de sentir preferiría terminar con todo esto o mejor aún no haberlo empezado, nunca haber sentido, nunca haber querido esa vida que ahora tengo y que enseguida pierdo.

martes, 17 de mayo de 2011

Ahogándome en un vaso de agua.

En algo le estoy pifiando feo. Mamá me llamó al celular para preguntarme cómo me había ido y le respondí algo horrible pero cierto: "Mal, no pude". La frase me lastimó más y se desató el llanto que venía aguantando hacía ya  unas cuantas horas. Pocas cosas me duelen tanto como el fracaso y lo peor es que no le encuentro la vuelta al camino que, por difícil, elegí. Es fácil decirme que ya todo va a ir mejor y seguramente sea cierto, pero me cuesta mucho verlo cercano. En algo me estoy equivocando y hasta que no lo descubra y lo arregle voy a estar muy triste. Además de lo poco motivadora que es esta tristeza, la posibilidad de renunciar que surge siempre como un chiste, empezó a aparecer como una humillante y mediocre opción, pero viable para salir de dónde estoy. Sería algo así como un antidepresivo que por unos meses me mantendría tranquila pero que como esas pastillas me haría dejar de ser yo y la angustia por haber cambiado el rumbo duraría toda la vida. No puedo hacer nada más que llorar hasta dejar de hacerlo por alguna distracción del momento y seguir poniéndole todo mi esfuerzo a algo que por ahora no funciona.


Horas enteras llorando, hacía mucho que no me pasaba, estuve todo el día con las lágrimas brotando o a punto de hacerlo. Es difícil explicar por qué estoy tan triste y sé que hay parte de exageración en todo esto, pero realmente hoy me ahogué por completo en mi vaso de agua. Lo único que quiero, lo que elegí para mí y de lo que estoy completamente segura se me apareció distante y demasiado difícil de alcanzar, tan difícil que duele. Estoy en una de esas situaciones en las que el trauma del momento feo y de la frustración impiden ver que haya un futuro positivo más allá del hoy, me cuesta pensar en que mañana me puedo llegar a despertar y que no me caigan las lágrimas por la cara las 24 horas. Estoy tan mal en parte porque mi problema puede atribuirse a dos cosas, una cosa excluye a la otra y tengo que elegir, o no sirvo para lo que más me gusta en el mundo porque tengo una inteligencia reducida en ese campo o carezco de una capacidad desarrollable con la práctica que se requiere para desenvolverse en mi ciencia. La segunda opción es la más realista, la primera es exagerada, como yo. A pesar de que sé esto y de que me lo han dicho de maneras distintas una gran cantidad de personas, hasta que no logre demostrarme a mí misma que la primera opción debe ser descartada el esfuerzo que aplique va a estar siempre merodeado por la idea de que quizás todo falle y yo no sea lo que quiero ser. Hoy estoy realmente mal.

viernes, 6 de mayo de 2011

La luz es cosa de todos los días.

A veces dejo la persiana de mi pieza abierta para que la luz de la mañana me obligue a levantarme, la sensación es fea, los párpados se ven forzados a abrirse porque los ojos saben que afuera hay luz y que es hora de ver, que empiezan nuevamente a funcionar los sentidos.
Durante el transcurso de la jornada la luz determina la mayoría de mis actividades, su presencia o ausencia influyen en mis hábitos y en los de todos a mi alrededor. Creo que todos la ven como algo mucho más positivo que yo, hasta considero que la tienen bastante sobrevalorada. Para empezar hay gente que dice que cuando uno muere ve la luz. El paraíso para ellos es un luminoso lugar extraterrenal al que migran las almas de los afortunados.  Yo discrepo. Cuando pienso en la muerte no veo luz, no se me aparece nada similar a ella en la mente, justamente porque no se me aparece nada, mi idea de la muerte es una pantalla en negro. Algunos ejemplos de esta sobrevaloración de la luz serían: el racismo; fue la idea de luz la que llevó a pensar en la gente de tez oscura como inferior a nosotros, los iluminados blancos, y también en todo lo oscuro como sinónimo de algo negativo.  El movimiento cultural que llevó a la revolución francesa fue denominado iluminismo haciendo referencia a la luz que alumbró a todos aquellos pensadores con las maravillosas reflexiones filosóficas que sustentaron la revolución. Por último, el amor por la luz derivó en la invención de la luz artificial, para prolongar su presencia en nuestras vidas y poder desarrollar por más tiempo las actividades que ella nos permite.
No me malentiendan, este no es un ensayo en contra de la luz, hay cosas de ella que encuentro maravillosas, como su capacidad de viajar a la velocidad más alta que existe y su dualidad ondas-partículas. No me desagrada, no la desterraría de mi vida, pero tampoco la quiero en mi muerte. No hay nada que me guste más que la sensación que siento cuando cierro los ojos a la hora de dormir, cuando sé que lo único que me queda hacer es pensar hasta la inconciencia y de ahí soñar hasta la luz.