domingo, 15 de diciembre de 2013
Algo se rompió.
Si tuviera que hacer un balance del año no diría nunca que fue bueno y tampoco que fue malo. Diría que algo se rompió. Diría que se reacomodaron cosas que necesitaban reacomodarse hace tiempo y que se desacomodaron otras tantas que, bueno, quizás haya que acomodarlas, quizás no (¿por qué ser tan fanáticos del orden?). Podría decir que aprendí un montón de cosas este año. Aprendí que no me gusta estar sola y que eso es peligroso. Aprendí que andar por la vida buscando que alguien te complete difícilmente te aporte más que pequeños desastres, historias interesantes y algunos besos consentidos. Aprendí que estoy gobernada por mis sentimientos gran parte del tiempo y que no soy ese robot racional que creía (o quería) ser. Aprendí a quererme un montón y a no desesperarme tanto porque otros me quieran (la última parte todavía me cuesta). Aprendí que me encanta lo que hago pero que todavía no puedo disfrutar de hacerlo. Y aprendí que para todo hace falta tiempo y que por más que visualice una horrorosa pantalla negra cada vez que pienso en mi muerte, voy a dejar que el tiempo pase con menos miedo. Me abrazo.
martes, 19 de noviembre de 2013
domingo, 20 de octubre de 2013
El joven artista.
Yo soy la ciencia, lo exacto, lo inteligible, lo que quiere tender a ser perfecto. Anduve buscando a alguien y me encontré con vos. Vos sos el arte, la improvisación, los sentidos, lo que surge sin preguntarse bien por qué. Alguna vez le dije a alguien que lo que me gustaba de vos era que vivieras en un mundo completamente distinto al mío, también dije que me gustaba que vivieras de forma inocente como si todo se pudiera conseguir. Nunca te dije esto a vos.
Nos conocimos y nos acercamos hasta chocarnos. Dolió. Lloré por mí y por vos, lloré la muerte del 'nosotros', porque esta historia de sonrisas necesitaba su cuota de llanto y supe aportarla yo. Ahora estamos bien, de alguna forma siempre lo estuvimos. Y te dedico estas líneas mediocres porque dejarte fuera de mis escritos sería casi como pretender que no exististe y te quiero y existís aunque duela, como todos. Gracias por ser el primero, joven artista.
Nos conocimos y nos acercamos hasta chocarnos. Dolió. Lloré por mí y por vos, lloré la muerte del 'nosotros', porque esta historia de sonrisas necesitaba su cuota de llanto y supe aportarla yo. Ahora estamos bien, de alguna forma siempre lo estuvimos. Y te dedico estas líneas mediocres porque dejarte fuera de mis escritos sería casi como pretender que no exististe y te quiero y existís aunque duela, como todos. Gracias por ser el primero, joven artista.
lunes, 7 de octubre de 2013
Carta a mí misma.
Cuando era chica compartía habitación con mis dos hermanos varones y no me gustaba pero éramos un poco pobres como para edificar más habitaciones. Como me quejaba mucho y era un nena consentida mi papá construyó para mí una casita de madera en el patio de atrás de mi casa. Se me ocurrió en ese entonces escribir una carta para mí misma y guardarla entre las maderas de una de las paredes de la casita, hoy recordé todo esto, rompí algunas maderas y la encontré.
"Lanús 2005 - 12/09/2005
Para Nazarena u otra:
Escribo para mí misma porque encuentro en este hecho algo más que un pasatiempo, encuentro la fantástica combinación que podría existir el día de mañana, entre lo que soy y lo que algún día seré, pienso que inmortalizar mis opiniones podría resultar útil, solo si yo tuviera buenas. Dedico a veces mi tiempo en pensar en vos, en como serás y sé que lo que me dedique a hacer va a ser lo que vos hagas, hoy tomo duras decisiones sobre lo que será mi mañana, considero tu vida como una vida aparte que se juntará siempre con la mía, porque somos una, una nada más.
Caerá en manos del olvido esta carta, pero renacerá una vez que la leas, pensarás en mí como un camino que supiste seguir perfectamente o como algo (alguien) que vivió como quiso y dejó, en su futuro, de ser quién era.
No doy consejos porque pueden resultar equivocados, son pensamientos de una niña de 12 años, anexo un papel que quisiera encontrar en mi futuro, una frase que supo alentarme ahora y ojalá lo haga luego.
"Hacé del hoy un mañana mejor viviendo el día a día hasta la MUERTE"
Sin mucho más que decirme y con temor de que mi carta no vuelva a mis manos recuerdo mi nombre: Nazarena Soledad Dos Santos.
Pensé en darte un chau aunque me encontraré con vos siempre que siga siendo yo, así que ¡Hola! Por siempre y para siempre.
7° año, 2005, Lanús Este."
"Lanús 2005 - 12/09/2005
Para Nazarena u otra:
Escribo para mí misma porque encuentro en este hecho algo más que un pasatiempo, encuentro la fantástica combinación que podría existir el día de mañana, entre lo que soy y lo que algún día seré, pienso que inmortalizar mis opiniones podría resultar útil, solo si yo tuviera buenas. Dedico a veces mi tiempo en pensar en vos, en como serás y sé que lo que me dedique a hacer va a ser lo que vos hagas, hoy tomo duras decisiones sobre lo que será mi mañana, considero tu vida como una vida aparte que se juntará siempre con la mía, porque somos una, una nada más.
Caerá en manos del olvido esta carta, pero renacerá una vez que la leas, pensarás en mí como un camino que supiste seguir perfectamente o como algo (alguien) que vivió como quiso y dejó, en su futuro, de ser quién era.
No doy consejos porque pueden resultar equivocados, son pensamientos de una niña de 12 años, anexo un papel que quisiera encontrar en mi futuro, una frase que supo alentarme ahora y ojalá lo haga luego.
"Hacé del hoy un mañana mejor viviendo el día a día hasta la MUERTE"
Sin mucho más que decirme y con temor de que mi carta no vuelva a mis manos recuerdo mi nombre: Nazarena Soledad Dos Santos.
Pensé en darte un chau aunque me encontraré con vos siempre que siga siendo yo, así que ¡Hola! Por siempre y para siempre.
7° año, 2005, Lanús Este."
sábado, 3 de agosto de 2013
Amor libre.
Hace un tiempo que intento, quizás vanamente, desprenderme de las imposiciones sociales y culturales que han convivido conmigo desde siempre. Trato de deshacer las ideas que vienen a mi mente, desarmarlas y distinguir su raíz. Voy a intentar entonces, recurriendo a este método, teorizar sobre el amor libre.
Soy producto de una relación amorosa funcional y duradera, que existió dentro de las instituciones más importantes; el Estado y la Iglesia. Por mucho tiempo pensé que ese amor no era amor del libre, lo prejuzgué por sostenerse en esas instituciones que no termino de comprender y que, siento, a veces restringen derechos erróneamente. Pero me equivoqué, sumergidos en este mundo y obedeciendo a su funcionamiento mis padres decidieron firmar papeles y hacer votos cristianos solo para validar la unión que tenían, que no dejó así de ser libre y de ser suya, como siempre. Esta necesidad sí provino de imposiciones externas pero no ensució de modo alguno el vínculo que tenían. Tuvieron una relación de amor profundo que empezó con un enamoramiento muy fuerte y siguió con una elección de vida, la elección de ser uno hasta que la muerte los separe, de construir proyectos de vida juntos. Fueron libres juntos todo el tiempo que pudieron.
Muy a menudo me pregunto si yo quiero tener eso que ellos tuvieron y respondo diferente cada vez. ¿Qué es lo que quiero? Quiero un amor abierto, sin imposiciones, quiero que dentro de la relación las partes se sientan libres de hacer lo que quieran. Creo que un enamoramiento profundo evoluciona, eventualmente, hacia una monogamia sincera, un estado en el que las partes ya no necesitan involucrarse con nadie más. No me gustan las imposiciones y restricciones de las etiquetas, 'ser novios', 'ser marido y mujer', porque cuando la relación pasa a tener un nombre se convierte automáticamente en lo que el nombre define y vive restringida a una definición que es, como todas, arbitraria. Esta monogamia sincera que propongo permite, entonces, que las partes puedan, si les place, interactuar sexualmente con otras personas, no para satisfacer necesidades, porque estas ya están cubiertas por la relación, sino para ejercer sus derechos libremente en ocasiones recreativas u ociosas. Dentro de la relación sincera que estoy planteando idealmente, no es estrictamente necesario que las partes se comuniquen acerca de cada interacción sexual que mantienen con otras personas, puesto que si ambos saben que tienen la posibilidad de hacer lo que les plazca, entonces no hay necesidad de demostrar al otro con hechos que esto efectivamente está ocurriendo. Los celos y los reproches solo existen en las relaciones inseguras que no tienen bases estables, una unión libre como la que imagino estaría desprovista de este tipo de problemas.
Como todo planteo teórico, este que estoy haciendo puede generar en el lector las típicas preguntas prácticas, '¿cómo se consigue una unión de este tipo?', '¿cómo se sostiene en el tiempo?'. Y lo cierto es que no puedo responderlas. Solo teorizo. No estoy cerca de tener una relación de este tipo y no creo que haya un método para conseguirla. Por lo pronto una predisposición sincera al enamoramiento es lo único que tengo y que recomiendo.
Soy producto de una relación amorosa funcional y duradera, que existió dentro de las instituciones más importantes; el Estado y la Iglesia. Por mucho tiempo pensé que ese amor no era amor del libre, lo prejuzgué por sostenerse en esas instituciones que no termino de comprender y que, siento, a veces restringen derechos erróneamente. Pero me equivoqué, sumergidos en este mundo y obedeciendo a su funcionamiento mis padres decidieron firmar papeles y hacer votos cristianos solo para validar la unión que tenían, que no dejó así de ser libre y de ser suya, como siempre. Esta necesidad sí provino de imposiciones externas pero no ensució de modo alguno el vínculo que tenían. Tuvieron una relación de amor profundo que empezó con un enamoramiento muy fuerte y siguió con una elección de vida, la elección de ser uno hasta que la muerte los separe, de construir proyectos de vida juntos. Fueron libres juntos todo el tiempo que pudieron.
Muy a menudo me pregunto si yo quiero tener eso que ellos tuvieron y respondo diferente cada vez. ¿Qué es lo que quiero? Quiero un amor abierto, sin imposiciones, quiero que dentro de la relación las partes se sientan libres de hacer lo que quieran. Creo que un enamoramiento profundo evoluciona, eventualmente, hacia una monogamia sincera, un estado en el que las partes ya no necesitan involucrarse con nadie más. No me gustan las imposiciones y restricciones de las etiquetas, 'ser novios', 'ser marido y mujer', porque cuando la relación pasa a tener un nombre se convierte automáticamente en lo que el nombre define y vive restringida a una definición que es, como todas, arbitraria. Esta monogamia sincera que propongo permite, entonces, que las partes puedan, si les place, interactuar sexualmente con otras personas, no para satisfacer necesidades, porque estas ya están cubiertas por la relación, sino para ejercer sus derechos libremente en ocasiones recreativas u ociosas. Dentro de la relación sincera que estoy planteando idealmente, no es estrictamente necesario que las partes se comuniquen acerca de cada interacción sexual que mantienen con otras personas, puesto que si ambos saben que tienen la posibilidad de hacer lo que les plazca, entonces no hay necesidad de demostrar al otro con hechos que esto efectivamente está ocurriendo. Los celos y los reproches solo existen en las relaciones inseguras que no tienen bases estables, una unión libre como la que imagino estaría desprovista de este tipo de problemas.
Como todo planteo teórico, este que estoy haciendo puede generar en el lector las típicas preguntas prácticas, '¿cómo se consigue una unión de este tipo?', '¿cómo se sostiene en el tiempo?'. Y lo cierto es que no puedo responderlas. Solo teorizo. No estoy cerca de tener una relación de este tipo y no creo que haya un método para conseguirla. Por lo pronto una predisposición sincera al enamoramiento es lo único que tengo y que recomiendo.
sábado, 27 de julio de 2013
Yzur - Leopoldo Lugones
yzur
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino;o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y lac, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
viernes, 26 de julio de 2013
Que no haya grises.
Todo o nada, amor u odio, fascinación o desesperación. También podría servir esa fascinación de la que desespera. No quiero estar a mitad de camino. No quiero la incertidumbre, no quiero la duda. Quiero volverme loca y que nos contagiemos o morirme sola y aburrida. Creo que voy a tener que hacer algo para dejar de estar en el medio, quizás salga corriendo.
jueves, 25 de julio de 2013
jueves, 2 de mayo de 2013
Kepler 62.
Pienso en esta falencia espiritual que tengo y que me define. Intento soltarme pero no concibo que exista un lugar a donde caer. Hago fuerza para creer en cosas, aprieto bien fuerte los párpados, abro de nuevo y nada. La quiero conmigo, quiero sentir que la tengo, que soy rica de alma y que creo, así sin más. Pero hay cosas que sólo se tienen y que no se ganan. El plácido sueño de quien mantiene convicciones espirituales no me acompaña. ¿Estoy acaso vacía? Me siento carente de significado. Tengo que poder. Empiezo de nuevo. ¿Cómo hacen ellos para que les cierre bien la historia? La sienten, yo no. ¿Qué siento? ¿He sentido algo alguna vez? Se me escapan algunas lágrimas y mojan el teclado, creo que responden con un sí. Quizás estemos mejorando. Intento abandonar las valoraciones y tirar a la basura mi teleología. Fue ingenuo pensar que para ellos todo es más fácil porque saben creer, la que se está haciendo la vida fácil, aunque duela, soy yo. Nunca tendré el gusto de defender lo indefendible, ni sentiré la satisfacción de apostarle a eso que, en vida, no puede ganar. Retrocedí. Voy mal. ¿Qué creo? ¿Hay algo que defienda?
Afuera de este planeta, afuera de este sistema, orbitando en torno a otra estrella, en Lyra, está Kepler 62, es el sol de los que llamamos 'exoplanetas', esos que como nosotros están ligados al elíptico danzar gravitatorio y lo marean a Kepler girando periódicamente en torno a él. Algunos de esos exoplanetas se parecen mucho al nuestro. La información me llega. Empieza a aparecer. Creo que creo. Se me iluminan los ojos, levanto un poco el tono de voz con el que converso conmigo misma y ahí está la epifanía. Siento que siento. ¿Se dan cuenta? Es eso, creo en conocer -y creo que eso es lo divino-, creo en mi poder, creo en los modelos que se adaptan sin agujeros a lo (que creo) que veo. ¡Sí que sé creer! Todo lo que quiero en esta vida es saber, y ahí está mi espíritu, mi cielo y mi dios.
Respiro hondo, estoy tranquila. Quizás alguno de los que orbitan a Kepler 62 pueda conciliar el sueño esta noche, como yo.
Afuera de este planeta, afuera de este sistema, orbitando en torno a otra estrella, en Lyra, está Kepler 62, es el sol de los que llamamos 'exoplanetas', esos que como nosotros están ligados al elíptico danzar gravitatorio y lo marean a Kepler girando periódicamente en torno a él. Algunos de esos exoplanetas se parecen mucho al nuestro. La información me llega. Empieza a aparecer. Creo que creo. Se me iluminan los ojos, levanto un poco el tono de voz con el que converso conmigo misma y ahí está la epifanía. Siento que siento. ¿Se dan cuenta? Es eso, creo en conocer -y creo que eso es lo divino-, creo en mi poder, creo en los modelos que se adaptan sin agujeros a lo (que creo) que veo. ¡Sí que sé creer! Todo lo que quiero en esta vida es saber, y ahí está mi espíritu, mi cielo y mi dios.
Respiro hondo, estoy tranquila. Quizás alguno de los que orbitan a Kepler 62 pueda conciliar el sueño esta noche, como yo.
sábado, 20 de abril de 2013
Prescindible.
No estoy bien, no estoy completa, no soy necesaria, tampoco soy suficiente. No soy la axiomátización de ningún sistema, ni del mío propio, no alcanzo para generar nada. Nadie conoce mis reglas ni sabe operar conmigo. Soy recursiva de la peor forma, me repito a mí misma hasta el hartazgo. Mantengo hace mucho tiempo los mismos ideales pelotudos que solo me vuelven consistente.
Todavía odio todo lo que escribo.
Todavía odio todo lo que escribo.
martes, 5 de marzo de 2013
...
Lo perfecto está muerto. Una vida llena de nadas, de nadas que se quieren tapar con cosas que no son y que cuando aparecen disfrazan, se deshacen y se van. La constante sensación de estar jugando a ser alguien que no soy, esa idea de que solo yo me conozco y ni siquiera lo hago bien. Lo que quiero, lo que tengo que querer y la puta línea que divide que casi nunca se ve. El llanto desgarrador de quien preferiría que le arrancaran ese no sé qué que algunos llaman alma, para frenar el juego un rato y respirar solo por ser. El piso. Tocar fondo es no querer mostrar siquiera que tocaste fondo y comerte a vos mismo de poquito, de a mordiscos infinitesimales que destruyen, pero por suerte no se ven. Me faltan pedacitos que pierdo cada día y nunca nadie me va a devolver, son efecto de este salir a la calle a pretender que todo esto tiene sentido en vez de gritar con todo hasta desfallecer. Lo perfecto está muerto, y es todo lo que quiero ser.
domingo, 27 de enero de 2013
Vacía.
Tengo 20 años, una carrera muy difícil recién empezada y mucho miedo a que me presten demasiada atención. Solo querría recibir un poco de eso que hace que la gente se sienta menos sola. Lo cierto es que no sé dónde buscar y me canso rápido, el pesimismo sabe gobernar mis días mejor que yo. Estoy algo cansada y perdida, más que todos, ni siquiera puedo redactar.
miércoles, 2 de enero de 2013
Resignación.
Como necio parásito de un planeta oscuro,
en la infinidad sonora de clamores eternos,
aquí, lugar cualquiera, he nacido y vivo,
y sólo es mi deseo que se sepa y se detenga todo.
Que por un grito perdido en la tormenta
los océanos callen de pronto el aullido de sus olas,
que por traer flores a mi tumba
los soles en masa dejen su Verbena.
¡Pobre corazón ingenuo! Rómpete, no eres nada.
Muchos otros murieron con ansias iguales
y la tierra siguió en su silencio.
Todo es duro, descorazonado, superior a ti.
Sufre, ama, espera siempre y baila
sin nunca exigir ese Porqué universal.
Jules Laforgue. (Traducción de Georges Perec)
en la infinidad sonora de clamores eternos,
aquí, lugar cualquiera, he nacido y vivo,
y sólo es mi deseo que se sepa y se detenga todo.
Que por un grito perdido en la tormenta
los océanos callen de pronto el aullido de sus olas,
que por traer flores a mi tumba
los soles en masa dejen su Verbena.
¡Pobre corazón ingenuo! Rómpete, no eres nada.
Muchos otros murieron con ansias iguales
y la tierra siguió en su silencio.
Todo es duro, descorazonado, superior a ti.
Sufre, ama, espera siempre y baila
sin nunca exigir ese Porqué universal.
Jules Laforgue. (Traducción de Georges Perec)
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