miércoles, 25 de abril de 2012

Capítulo II: Miradas detenidas.

Capítulo II Miradas detenidas

Hoy es martes, el martes es EL día de la semana. Martes, martes, martes, martes. Si me lo preguntaran en italiano -porque hoy aprendimos los artículos determinativos- yo diría que no es “un giorno” sino que es “il giorno”, “il giorno della settimana di Naza”, ya no hay más días que el martes, no… no lo creo. Y el martes dura muy poco, a veces dura más, a veces dura menos, estoy pensando que capaz que hoy duró demasiado poco. Estoy en la plaza de nuevo, las cuadras que camino hasta acá, como que… nunca existen, siempre estoy en la librería, siempre estoy en la plaza, siempre está la sonrisa, lo demás no pasa, la semana dura solamente un día y es el martes, así como la gente va los domingos a la iglesia, yo voy los martes a la librería, el martes ya no es el segundo día de la semana, es el día de la semana. Y bueno, el ritual de los martes ha sido concretado, no sabría decir si satisfactoriamente, capaz que no haya que emitir juicios de valor al respecto, capaz que es demasiado rápido o demasiado tarde. El martes transcurrió normalmente, por ahora, me levanté, me bañé, había estado pensando toda la semana, capaz más que otras semanas, va… todo lo que no fue martes me lo pasé pensando. Estuve tratando de decidir cuál iba a ser mi actitud en el ritual del martes, obviamente no decidí nada, cuando caminé la cuadra de italiano a la librería ya había perdido todos los pensamientos de la cabeza y solamente temblaba, 1) de frío y 2) de nervios. Esperé un ratito antes de decidirme a entrar porque no sabía bien qué iba a decir, si iba a tener algo qué decir, si iba a estar él, si iba a sonreir. Me vestí para él obviamente, cuando era chica íbamos a la iglesia y yo me vestía para Dios, la gente hace eso, ¿no? Me hubiera vestido menos provocativa para ver a Dios… Bueno, cuando llegué a la librería había unas personas, estaba él, me saludó, le dije “volví” se puso contento, sonrió, no sabía bien a dónde ir yo, si mirar los libros, si preguntarle algo, qué le iba a preguntar, no sabía, estaba complicado… Me quedé mirando los libros, de nuevo, me dijo que durante la semana le había llegado un libro de Papini -porque Papini ya es nuestro tema de conversación-  que le había llegado un libro de las obras completas, y bueno, entonces me acerqué al mostrador para que me lo mostrara, lo buscó entre las cajas que tenía, le pregunté cómo llegaban los libros a él, porque era algo que siempre me había intrigado, me dijo que era porque los vecinos cada tanto le decían que tenían una caja de libros y él se las compraba, y así había llegado este libro que nunca encontró, que otra vez buscó y me dijo que bueno, que para la próxima lo iba a tener seguro. Ahí eso me gustó porque él estaba pensando en una próxima también, yo estoy pensando en muchas próximas, si el martes es el único día que existe. Bueno, después del acto frustrado de buscar el libro de Papini, me volví a los libros, me fui de la caja, me puse a mirar los de Sábato porque voy a hacer un viaje y había pensado que quería leer una novela corta, elegí dos, y le quise preguntar los precios, cuando le pregunté los precios no me los dijo, le di los libros, se quedó mirándome, le mostré algo que me había llamado la atención en uno de los libros, era una dedicatoria. Yo creo que yo nunca podría vender un libro que tuviera una dedicatoria, en ese momento lo primero que se me pasó por la cabeza fue pedirle una dedicatoria, pero ya sabemos que yo soy Naza. Le mostré la dedicatoria, se lee con dificultad, dice “25 de junio de 1970, Alina, deseo que este libro te haga pasar un momento grato, tu sobrino, Ernesto” le dije que pobre Ernesto que le había dedicado un libro a Alina y ahora el libro estaba pasando de mano en mano en una librería, me dijo que bueno, que la mayoría de las veces no eran los dueños los que vendían los libros, yo me puse a pensar que un día alguien iba a vender mis libros, capaz que se los vendan a él, ¿no? Bueno, quise saber los precios, se los llevó al mostrador, me contó que uno de los libros lo estaba leyendo él y no lo  pudo terminar de leer porque se lo robaron, nunca hubiera imaginado una desgracia tal como que te roben un libro. Me dijo que estaba de vacaciones con unos amigos en Mendoza, estaban en auto, les entraron a robar al auto y se llevaron un bolso que tenía ropa y que tenía su libro, justamente, dice que lo que más extrañó fue el libro. No hace falta aclarar que yo para todo esto me estaba muriendo, no estaba prestando mucha atención específicamente al relato, lo seguía con la mirada, me pasaba igual que no podía detener la mirada demasiado en él, me parecía que la mirada detenida, que el impacto de mis ojos en los suyos iba a hacer que se diera cuenta de alguna forma de lo que estaba pasando, que se diera cuenta de por qué estaba ahí yo, de por qué había estado ahí ya dos veces en dos semanas anteriores y por qué la simpatía, por qué los ratos… ahí, con él, sin hacer nada. Me dio miedo, el comportamiento Naza fue bajar la mirada. Empecé a prestar atención y me estaba envolviendo los libros como para comprarlos y en realidad lo que yo quería era saber los precios, ya no podía volver atrás las cosas, los había puesto en una bolsita, me dijo “te doy un señalador”, yo realmente no quería los dos libros pero no se lo podía decir, le mencioné que necesitaba saber los precios, me dijo “ah, pensé que ya los sabías, pensé que ya entendías los códigos” dijo nuestros códigos. Habla siempre de la librería así en plural, a veces me asusta que haya alguien más que él y que ese alguien sea una alguien, pero también pienso que quizás habla de nosotros porque él es todos, él es nosotros, él es él, él es yo. Bueno, me dijo los precios haciendo referencia a los códigos que tienen los libros, me los aprendí, le dije que bueno, que yo había estado un par de veces ahí pero no los sabía, le dije que el martes que viene no iba a poder venir porque es feriado, me dijo “te vamos a extrañar”, él, todos, yo, los libros, “te vamos a extrañar”. Hizo un chiste que no entendí, ¡cómo odio los chistes que no entiendo! pasa eso, que de repente el chiste no entendido puede cortar el ambiente de alguna forma, no se están manejando los mismos códigos, el mismo lenguaje, yo tendría que entender todos sus chistes, siempre. Bueno, no entendí, dijo que iban a trabajar horas extras ese martes, bueno, yo dejé ver de alguna forma que no había entendido el chiste, le dije “no entiendo”, me dijo “era un chiste”, situación incómoda, le pregunté si iban a abrir el martes, me dijo que sí iban a abrir pero a puertas cerradas, sonó un poco irónico, pero no quise hacer mención, quizás ya nos desentendíamos de nuevo y se iba todo al carajo. También hizo mención al clima, dijo “hace frío, ¿no?”, y no me gusta cuando la gente hace mención al clima, algo que había estado pensando durante la semana era eso, que no quería que hiciéramos mención al clima, cuando uno hace mención al clima es porque no tiene nada más para decir, capaz que quiso decir algo y no supo que decir; ya habíamos hablado de Papini, yo ya estaba comprando un libro, ya había deslizado de alguna forma una anécdota de su vida con el robo del libro y las vacaciones, y bueno, había que hablar del clima, ¿no?. Yo dije que sí, que hacía frío, y nada más. Me di cuenta de que estaba poniendo los libros en una bolsa de plástico y yo le dije que la primera vez me había dado una bolsa más linda. Toda la conversación transcurrió entre sonrisas y miradas detenidas que yo no dejé que se detuvieran. Sacó los libros de la bolsa y me dijo “bueno, ¿querés una bolsa más linda?”, buscó una bolsa linda y me dijo que era exigente, ahí eso me mató. Me dijo “se nota que sos exigente”, otra mirada detenida… otra evasión de mi parte… las cosas se estaban tornando más familiares, más personales, habíamos pasado de Papini a sus vacaciones, de sus vacaciones al clima y del clima habíamos mejorado a mi personalidad, o lo que él percibe de mi personalidad, me va extrañar, soy exigente… Bueno, puso los libros en una bolsita re linda de papel madera y tristemente ahí me di cuenta de que ya me tenía que ir, había hecho todo tan rápido que ya me tenía que ir, no me gustó pero no me arrepiento porque quizás prolongar las cosas hubiera hecho que volviéramos al clima o quién sabe a qué cosa que a mí no me interesaría hablar. Me fui por la calle, caminé las cuadras que no existen hasta acá y cambié en mi mente las obscenidades de la boca de los señores que pasaban por preguntas, todos me fueron preguntando cómo me había ido, decían “y Naza, ¿cómo te fue?” les dije que escucharan hoy la grabación, que iba a estar en mi blog, que a la noche lo subía, que iba a estar desgrabada también. Yo y lo que me estaba pasando era lo único que estaba pasando, así lo percibí yo, todos estaban contentos porque yo había estado en la librería, todos sabían que yo estaba yendo a la plaza, todos menos él, medio contradictorio porque él es todos también. En un momento cuando estábamos en la librería también entraron un hombre y una mujer y preguntaron por libros de adivinanzas, él les mostró un par y les dijo “para chicos, ¿no?” y los señores no querían libros de adivinanzas para chicos, sino que querían libros de adivinanzas para ellos, me llamó la atención la verdad y él no tenía libros de adivinanzas para grandes, así que se fueron, tristes. Después le hice mención a eso, le dije que qué raro que buscaran libros de adivinanzas para grandes, me dijo que al también le había llamado la atención, le dije que quizás hubieran tenido que decir “acertijos”, me dijo que sí y ahí dijo una frase que por tonta quizás no debería haberme llamado la atención, me dijo “sí, pasa que la palabra adivinanza tiene una carga más infantil”. No sé, con el vocabulario pensé que capaz que había estudiado algo, ¿no? Dijo “carga”, dijo “una carga infantil”, no sé, mi mente se detuvo en un detalle que obviamente pude enaltecer con facilidad, para concluir que es un ser completamente maravilloso y además lo deja ver en su vocabulario, capaz que las cosas se me vayan de las manos, el martes que viene no va a ser martes, no hay más días hasta dentro de mucho tiempo, no va a haber librería. Tengo miedo de pasar demasiado tiempo pensando, tengo miedo ya de haber pensado demasiado y que por eso mi visita haya durado tan poco, tengo miedo, ¿qué voy a hacer el martes que viene?, no sé, voy a dedicar un momento para recordar el tiempo que yo hubiera pasado en la librería, voy a leer el libro que él no pudo terminar de leer, le dije que se lo tenía que comprar de nuevo, que se lo autocomprara y lo leyera, me dijo que sí, que debería, cuando vuelva quizás el próximo martes, él ya va a tener el libro de Papini, yo voy a haber leído el libro. Quizás podamos prolongar el momento de charla amena entre el librero y la compradora, quizás un día sepa su nombre, no sé si quiero saber su nombre, otro miedo es que se llame, no sé, José, ningún nombre le va a ir bien porque Dios no tiene nombre, capaz que nunca le pregunte su nombre, pero sería raro, si él me pregunta el mío le voy a tener que preguntar el de él. Y otra vez estoy especulando respecto al futuro. Pero bueno, así como el martes duró poco, mi relato va a durar poco, voy a seguir pensando, porque es lo único que puedo hacer, voy a leer el libro, voy a ansiar el martes. No sé muy bien hacia dónde quiero que avance esta situación pero sí sé que quiero que avance. Espero que me extrañe de verdad. Entonces, tendré el próximo capítulo cuando vuelva  a existir un martes, hasta entonces.

2 comentarios:

  1. hermoso -lindo no, hermoso-
    papini no me gusta
    no lo encares, que quede ahí
    ideal
    lo real tiene la inconveniencia de la desilusión

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  2. gracias! ya está grabado el tercer capítulo, solo voy a adelantar que lamentablemente se comprueba tu última afirmación, en unos días lo subo. un besito nacho, me alegraste mucho con tu apreciación :)

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