Después del fin de semana de Semana Santa y de la visita de Martín, con los libros… y los cuentos, me decidí a comprarme un libro de Giovanni Papini, porque me iba a hacer acordarme de él y porque nada… nunca está de más acordarse de Martín, ¿no? Estoy yendo a clases de italiano, así que después de mi primera clase de italiano, no era mi primera clase de italiano, perdón. Después de la clase de italiano decidí salir a la busca de algún libro de Giovanni Papini que estuviera en su idioma original y qué mejor que leer a un autor en su idioma original. A la cuadra de haber salido de ahí me di cuenta de que había una librería, y estos últimos meses se trataron más que nada de eso, de entrar a librerías. Entré porque me llamó la atención que se llamaba “Libros del camino”, creo, pero el cartel decía “libros nuevos y leídos” y me pareció original, ¿no? Siempre dicen usados, no dicen leídos. Así que parecía un lugar lindo, tranquilo, es una zona medio… medio pedorra, la verdad. Pero bueno, hubo algo que me llamó la atención y era el chico que atendía, tengo algo así como una obsesión con la gente de atención al cliente así que no podía faltar algo así. Le pregunté por libros de Giovanni Papini y extrañamente lo conocía, de hecho tenía unos cuantos, me mostró unos cuantos y la situación estaba como tensa para mí, a mí me parecía que se notaba que a mí me gustaba y no sé… que para él yo también era atractiva en algún aspecto. Me quedé mirando los libros, pensando si me estaba mirando, si no me estaba mirando, no sé, yo no soy muy buena en esto del “arte de la seducción” así que no pude hacer ningún gesto ni algún ritual de esos primitivos que “atraen al macho”. Seguí mirando los libros, había uno que era muy lindo y pensé que iba a salir carísimo, me averiguó el precio y no era caro, también en algún aspecto me había sentido forzada a comprarle algo, porque me gustaba nada más, y yo hago esas cosas. Le compré el libro con la promesa de volver, lancé un “nos vemos” medio vergonzoso que por suerte respondió muy simpáticamente él con un “nos vemos” también, con un “cuidate, un beso”, una cosa muy familiar, así como si nos conociéramos y yo realmente ya sentía que nos conocíamos. Así que me fui con mi libro muriéndome de ganas de que fuera martes de nuevo para poder volver… pasó la semana, así como que sentí que todas las semanas podían pasar así, era martes de nuevo y había pasado un segundo para mí. Tenía que volver a la librería, lo había estado pensando toda la semana, pero tenía que tener una excusa para volver a la librería y como dije que estos meses se trataron de salir a comprar libros o por lo menos entrar a librerías, ya las excusas estaban un poquito agotadas. Entré y estaba hablando por teléfono él, sonrío apenas me vio entrar con una sonrisa, podríamos decir… divina, divina no, como el divino vulgar que se usa ahora, divina como de un Dios, y yo supe en ese momento que lo iba a dejar poco a poco que se fuera convirtiendo en mi Dios, para ponerle un poco de sentido a la vida, ¿no? Cortó el teléfono al ratito y le pregunté si tenía algún libro de Guillermo Martinez que es más o menos rutina ya para mí cuando entro adentro de una librería, no tenía nada más que los típicos y bueno, le dije que no, que me estaba faltando uno, me preguntó cuál, le dije, me preguntó por Papini, así como dejando ver de alguna forma que se acordaba de mí, que se acordaba que yo había estado ahí, que se acordaba qué había comprado y hasta se interesaba en saber cómo me había ido con lo que había comprado, le dije que bien, que era muy lindo, que iba a tener para rato igual porque era muy largo, pero que estaba contenta, que había estado intentando conseguir los libros en italiano y no se podía, me recomendó una librería, yo ya la había visitado. Pero bueno, ahí había que sacar charla un poquito y capaz que estuve lenta… o estuve Naza. Me quedé mirando los libros un rato, preguntando por algunos, hojeando más algunos que otros, obviamente había un montón de libros interesantes pero el martes había sido bastante desafortunado como para andar con plata en la billetera. Quería decirle que estaba pobre, que la semana siguiente iba a ser distinto, pero… no me animé. Tenía miedo de que sonara como que le estaba regateando algo y yo a él no le regatearía nada porque, no sé, creo que la gente no le regatea cosas a su Dios, ¿no?
Capaz algún día me de vergüenza escuchar esto, no sé si ya no debería darme vergüenza el hecho de que estoy sentada en una plaza… en Callao y alguna calle que desconozco y estoy hablando como si tuviera una conversación telefónica con un grabador de voz. Pero estoy contenta sin embargo, no hay mejor forma para mí de hacer notas mentales que esta, y así con esto del teléfono en la oreja la gente piensa que no estoy loca, que no estoy hablando sola… no sé qué importará, ¿no? Quiero escribir una novela sobre esto, quiero que estas notas de voz me sirvan para escribir una novela, porque no es fácil estar escribiendo en un cuaderno, reescribiendo, tachando… creo que tendría que dejar de hacer silencios, ¿no? La idea es pensar en voz alta.
Quiero volver, quiero que sea el martes que viene, pero también tengo miedo, porque las cosas se podrían poner un poco reales si yo sigo avanzando… le dije antes de irme “voy a volver el martes que viene” y me dijo “como quieras” en un tono muy simpático. En un momento me dijo que tenía una rareza para mostrarme, no pude dejar de pensar que entonces había estado pensando en mí, que había visto la rareza y había pensado que a mí me podía interesar, era un libro de Papini me dijo, una primera edición, cuando dijo primera edición yo pensé solamente “caro”, por suerte no lo encontró, o por mala suerte, por suerte en realidad, suerte, mala suerte, es lo mismo, es suerte al fin. No lo encontró, lo buscó bastante, se quedó cerca mío como pensativo, pensé si no sería una excusa para en vez de estar parado atrás del mostrador estar parado conmigo, se quedó un rato más por ahí, envolviendo los libros… Me gustaba pensar que cada tanto me echaba una mirada a ver en qué andaba yo, por más que yo no podía echarle una mirada a él, por ser muy Naza, pero bueno, tengo que volver el martes que viene, tengo una semana para pensar una excusa, va en realidad vi un par de excusas hoy cuando estuve ahí, lo único que tendría que hacer es juntar plata, y la verdad no está muy sencillo, pero bueno, uno tiene que sacrificar cosas por su Dios, ¿no? Voy a decir entonces, hasta la semana que viene.
Históricamente los martes han sabido ser mis días favoritos. Cuando iba a la escuela los llamaba "los días de la siesta ilimitada". Sucedía que al otro día, los miércoles, tenía matemática -una materia que nunca me gustó, y que siempre me llevé- por lo tanto, los martes a la tarde no me preocupaba de tener que cumplir algún deber escolar para el otro día. Se sentía realmente bien poder llegar a casa y dormir cuatro horas seguidas. O quizás cinco. Los otros días tenía contraturnos u otros quehaceres que no me permitían llevar a cabo la tan ansiada siesta. Es así como yo esperaba con ganas que llegase el día martes.
ResponderEliminarHoy ya no voy a la escuela, pero los martes siguen estando ahí. No sé, hay algo con los martes. Una especie de misticismo. Me gustan. Me gusta el nombre "martes", me parece fonéticamente más bello que "lunes" o "miércoles".
Actualmente mis martes consisten en la siguiente rutina: 13.30 estoy en la parada del colectivo esperando el 179 o el 247 para ir a Puán. Da igual, cualquiera de los dos me acerca a una parada del 85 que es el colectivo que me deja en Puán finalmente. Luego me subo al 85 donde casi siempre viajo parada. Cuando llego a Rivadavia, me bajo. En Rivadavia y Puán, pero prefiero agarrar por Miró (una calle paralela a Puán) para ir caminando hasta la facultad. Miró es una linda calle. Es mucho más tranquila que Puán. Por Puán siempre camina gente parecida una a otra, al mismo ritmo, con la misma actitud. Me incomoda ser parte de eso. Todas van o todos vienen. En grupos grandes. Por eso prefiero caminar por Miró. Además tiene casas más lindas, con balcones y plantas. (Y por otra parte, Miró siempre me cayó bien).
Siempre llego ajustada a mi clase de Literatura Italiana (15.00). Estamos viendo “Los novios” de Alessandro Manzoni. Me gusta cuando hay términos que no se pueden explicar en la lengua castellana y mi profesora los dice en italiano. Me gusta cuando nos cuenta de sus viajes a Italia y por momentos me imagino yo allá. Me gusta Italia o lo que creo conocer de ella mediante autores, películas o fotografías.
Salgo de allí a las 17 y a las 19 recién entro a teatro. El teatro está ubicado en Corrientes y Rodriguez Peña. Ahí nomás con la línea A. Salgo de la clase y voy camino a tomarme el subte. La línea A es realmente hermosa, con esa luz tenue y cálida que enamora. Me bajo en Congreso, no tardo más que unos 15 minutos. 17.15 estoy en Congreso y de ahí en más tengo una hora, 45 minutos para vagar por las callecitas del barrio. Congreso es hermoso. Es mi barrio favorito. El Congreso es hermoso. Debo confesar que a veces gran parte de esa hora 45 minutos se me va apreciando el Congreso –aunque parezca una locura-. Me gusta sentarme en los banquitos que hay en la plaza y mirar el Congreso. Observarlo. Analizar cada recoveco de su edificación. Es perfecto. Es realmente perfecto. Entreno mi mirada, me vuelvo detallista y minuciosa. El Congreso está lleno de nimiedades poco perceptibles a la visión. Admiro profundamente a quien los edificó. Me fascina. Me imagino cómo será por dentro. Me imagino caminando por sus pasillos.
ResponderEliminarOtras veces uso ese tiempo para caminar. Me gusta perderme por las veredas de Congreso, ¡son tan angostas!. Pero por lo general elijo caminar por Corrientes. Corrientes es particular, tiene una suerte de imán que te invita a pasear por ahí. Si andas bien atento, podes sentir el olor a libros usados. Cuando no escuchar una manifestación. O encontrarte con personajes peculiares. Eso me divierte. Yo observo mucho a las personas cuando voy por la calle, pero Congreso siempre tiene mis personajes favoritos. Sobre Corrientes hay personas disfrazadas. Otras tantas que caminan como llevándose el mundo por delante. Me fascina imaginar cómo serán sus vidas. A veces escucho conversaciones disparadoras de algún cuento. A veces me entero la vida de Juan, Silvia y el peluquero e imagino cómo son sus rostros. Otras encuentro tics simpáticos para imitar o reproducir. Qué lindo es mirar a la gente, las actitudes que tienen, su timbre de voz, sus pasos, su ropa.
Una vez en Corrientes, no puedo evitar entrar a las librerías y disquerías. Casi nunca llevo plata, porque no la tengo. Solo me quedo mirando y tocando libros, oliéndolos, preguntando por precios que nunca compraré, hojeando siempre los mismos, sabiendo que al martes siguiente continuarán allí. Me imagino cómo sería mi vida si fuera dueña de esas librerías. A veces me angustio, quisiera tener todos esos libros, pero al rato me acuerdo de mi teoría del desapego material y eso me consuela un poco. Me obligo a creérmela y llevarla a cabo. Entonces reviso mi billetera, tengo 20 pesos, separo 8 y con eso me siento a tomar un café y leer un poco antes de entrar al teatro.
A las 19 entro al teatro y todo el mundo que narré deja de existir. Desaparece. Todo comienza a formar parte de una suerte de nebulosa en la que me sumerjo y nado durante dos horas. Descubro otros mundos y me sientan bien. Sonrió mucho y concluyo en lo geniales que son los días martes.
Che, ¡me encantó! Muy lindo; y muy linda voz.
ResponderEliminarAguante Papini.
¡Gracias! estoy por lanzar el segundo capítulo (es un poco largo lamentablemente). Nunca pensé que nadie elogiaría mi voz, me alegra mucho que te haya gustado, es muy personal. Tengo una intriga, ¿cómo llegaste hasta acá?
ResponderEliminarCatalin veut lire le deuxième chapitre.
ResponderEliminarey me gusta. escribi el seconndd
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