miércoles, 25 de abril de 2012

Capítulo II: Miradas detenidas.

Capítulo II Miradas detenidas

Hoy es martes, el martes es EL día de la semana. Martes, martes, martes, martes. Si me lo preguntaran en italiano -porque hoy aprendimos los artículos determinativos- yo diría que no es “un giorno” sino que es “il giorno”, “il giorno della settimana di Naza”, ya no hay más días que el martes, no… no lo creo. Y el martes dura muy poco, a veces dura más, a veces dura menos, estoy pensando que capaz que hoy duró demasiado poco. Estoy en la plaza de nuevo, las cuadras que camino hasta acá, como que… nunca existen, siempre estoy en la librería, siempre estoy en la plaza, siempre está la sonrisa, lo demás no pasa, la semana dura solamente un día y es el martes, así como la gente va los domingos a la iglesia, yo voy los martes a la librería, el martes ya no es el segundo día de la semana, es el día de la semana. Y bueno, el ritual de los martes ha sido concretado, no sabría decir si satisfactoriamente, capaz que no haya que emitir juicios de valor al respecto, capaz que es demasiado rápido o demasiado tarde. El martes transcurrió normalmente, por ahora, me levanté, me bañé, había estado pensando toda la semana, capaz más que otras semanas, va… todo lo que no fue martes me lo pasé pensando. Estuve tratando de decidir cuál iba a ser mi actitud en el ritual del martes, obviamente no decidí nada, cuando caminé la cuadra de italiano a la librería ya había perdido todos los pensamientos de la cabeza y solamente temblaba, 1) de frío y 2) de nervios. Esperé un ratito antes de decidirme a entrar porque no sabía bien qué iba a decir, si iba a tener algo qué decir, si iba a estar él, si iba a sonreir. Me vestí para él obviamente, cuando era chica íbamos a la iglesia y yo me vestía para Dios, la gente hace eso, ¿no? Me hubiera vestido menos provocativa para ver a Dios… Bueno, cuando llegué a la librería había unas personas, estaba él, me saludó, le dije “volví” se puso contento, sonrió, no sabía bien a dónde ir yo, si mirar los libros, si preguntarle algo, qué le iba a preguntar, no sabía, estaba complicado… Me quedé mirando los libros, de nuevo, me dijo que durante la semana le había llegado un libro de Papini -porque Papini ya es nuestro tema de conversación-  que le había llegado un libro de las obras completas, y bueno, entonces me acerqué al mostrador para que me lo mostrara, lo buscó entre las cajas que tenía, le pregunté cómo llegaban los libros a él, porque era algo que siempre me había intrigado, me dijo que era porque los vecinos cada tanto le decían que tenían una caja de libros y él se las compraba, y así había llegado este libro que nunca encontró, que otra vez buscó y me dijo que bueno, que para la próxima lo iba a tener seguro. Ahí eso me gustó porque él estaba pensando en una próxima también, yo estoy pensando en muchas próximas, si el martes es el único día que existe. Bueno, después del acto frustrado de buscar el libro de Papini, me volví a los libros, me fui de la caja, me puse a mirar los de Sábato porque voy a hacer un viaje y había pensado que quería leer una novela corta, elegí dos, y le quise preguntar los precios, cuando le pregunté los precios no me los dijo, le di los libros, se quedó mirándome, le mostré algo que me había llamado la atención en uno de los libros, era una dedicatoria. Yo creo que yo nunca podría vender un libro que tuviera una dedicatoria, en ese momento lo primero que se me pasó por la cabeza fue pedirle una dedicatoria, pero ya sabemos que yo soy Naza. Le mostré la dedicatoria, se lee con dificultad, dice “25 de junio de 1970, Alina, deseo que este libro te haga pasar un momento grato, tu sobrino, Ernesto” le dije que pobre Ernesto que le había dedicado un libro a Alina y ahora el libro estaba pasando de mano en mano en una librería, me dijo que bueno, que la mayoría de las veces no eran los dueños los que vendían los libros, yo me puse a pensar que un día alguien iba a vender mis libros, capaz que se los vendan a él, ¿no? Bueno, quise saber los precios, se los llevó al mostrador, me contó que uno de los libros lo estaba leyendo él y no lo  pudo terminar de leer porque se lo robaron, nunca hubiera imaginado una desgracia tal como que te roben un libro. Me dijo que estaba de vacaciones con unos amigos en Mendoza, estaban en auto, les entraron a robar al auto y se llevaron un bolso que tenía ropa y que tenía su libro, justamente, dice que lo que más extrañó fue el libro. No hace falta aclarar que yo para todo esto me estaba muriendo, no estaba prestando mucha atención específicamente al relato, lo seguía con la mirada, me pasaba igual que no podía detener la mirada demasiado en él, me parecía que la mirada detenida, que el impacto de mis ojos en los suyos iba a hacer que se diera cuenta de alguna forma de lo que estaba pasando, que se diera cuenta de por qué estaba ahí yo, de por qué había estado ahí ya dos veces en dos semanas anteriores y por qué la simpatía, por qué los ratos… ahí, con él, sin hacer nada. Me dio miedo, el comportamiento Naza fue bajar la mirada. Empecé a prestar atención y me estaba envolviendo los libros como para comprarlos y en realidad lo que yo quería era saber los precios, ya no podía volver atrás las cosas, los había puesto en una bolsita, me dijo “te doy un señalador”, yo realmente no quería los dos libros pero no se lo podía decir, le mencioné que necesitaba saber los precios, me dijo “ah, pensé que ya los sabías, pensé que ya entendías los códigos” dijo nuestros códigos. Habla siempre de la librería así en plural, a veces me asusta que haya alguien más que él y que ese alguien sea una alguien, pero también pienso que quizás habla de nosotros porque él es todos, él es nosotros, él es él, él es yo. Bueno, me dijo los precios haciendo referencia a los códigos que tienen los libros, me los aprendí, le dije que bueno, que yo había estado un par de veces ahí pero no los sabía, le dije que el martes que viene no iba a poder venir porque es feriado, me dijo “te vamos a extrañar”, él, todos, yo, los libros, “te vamos a extrañar”. Hizo un chiste que no entendí, ¡cómo odio los chistes que no entiendo! pasa eso, que de repente el chiste no entendido puede cortar el ambiente de alguna forma, no se están manejando los mismos códigos, el mismo lenguaje, yo tendría que entender todos sus chistes, siempre. Bueno, no entendí, dijo que iban a trabajar horas extras ese martes, bueno, yo dejé ver de alguna forma que no había entendido el chiste, le dije “no entiendo”, me dijo “era un chiste”, situación incómoda, le pregunté si iban a abrir el martes, me dijo que sí iban a abrir pero a puertas cerradas, sonó un poco irónico, pero no quise hacer mención, quizás ya nos desentendíamos de nuevo y se iba todo al carajo. También hizo mención al clima, dijo “hace frío, ¿no?”, y no me gusta cuando la gente hace mención al clima, algo que había estado pensando durante la semana era eso, que no quería que hiciéramos mención al clima, cuando uno hace mención al clima es porque no tiene nada más para decir, capaz que quiso decir algo y no supo que decir; ya habíamos hablado de Papini, yo ya estaba comprando un libro, ya había deslizado de alguna forma una anécdota de su vida con el robo del libro y las vacaciones, y bueno, había que hablar del clima, ¿no?. Yo dije que sí, que hacía frío, y nada más. Me di cuenta de que estaba poniendo los libros en una bolsa de plástico y yo le dije que la primera vez me había dado una bolsa más linda. Toda la conversación transcurrió entre sonrisas y miradas detenidas que yo no dejé que se detuvieran. Sacó los libros de la bolsa y me dijo “bueno, ¿querés una bolsa más linda?”, buscó una bolsa linda y me dijo que era exigente, ahí eso me mató. Me dijo “se nota que sos exigente”, otra mirada detenida… otra evasión de mi parte… las cosas se estaban tornando más familiares, más personales, habíamos pasado de Papini a sus vacaciones, de sus vacaciones al clima y del clima habíamos mejorado a mi personalidad, o lo que él percibe de mi personalidad, me va extrañar, soy exigente… Bueno, puso los libros en una bolsita re linda de papel madera y tristemente ahí me di cuenta de que ya me tenía que ir, había hecho todo tan rápido que ya me tenía que ir, no me gustó pero no me arrepiento porque quizás prolongar las cosas hubiera hecho que volviéramos al clima o quién sabe a qué cosa que a mí no me interesaría hablar. Me fui por la calle, caminé las cuadras que no existen hasta acá y cambié en mi mente las obscenidades de la boca de los señores que pasaban por preguntas, todos me fueron preguntando cómo me había ido, decían “y Naza, ¿cómo te fue?” les dije que escucharan hoy la grabación, que iba a estar en mi blog, que a la noche lo subía, que iba a estar desgrabada también. Yo y lo que me estaba pasando era lo único que estaba pasando, así lo percibí yo, todos estaban contentos porque yo había estado en la librería, todos sabían que yo estaba yendo a la plaza, todos menos él, medio contradictorio porque él es todos también. En un momento cuando estábamos en la librería también entraron un hombre y una mujer y preguntaron por libros de adivinanzas, él les mostró un par y les dijo “para chicos, ¿no?” y los señores no querían libros de adivinanzas para chicos, sino que querían libros de adivinanzas para ellos, me llamó la atención la verdad y él no tenía libros de adivinanzas para grandes, así que se fueron, tristes. Después le hice mención a eso, le dije que qué raro que buscaran libros de adivinanzas para grandes, me dijo que al también le había llamado la atención, le dije que quizás hubieran tenido que decir “acertijos”, me dijo que sí y ahí dijo una frase que por tonta quizás no debería haberme llamado la atención, me dijo “sí, pasa que la palabra adivinanza tiene una carga más infantil”. No sé, con el vocabulario pensé que capaz que había estudiado algo, ¿no? Dijo “carga”, dijo “una carga infantil”, no sé, mi mente se detuvo en un detalle que obviamente pude enaltecer con facilidad, para concluir que es un ser completamente maravilloso y además lo deja ver en su vocabulario, capaz que las cosas se me vayan de las manos, el martes que viene no va a ser martes, no hay más días hasta dentro de mucho tiempo, no va a haber librería. Tengo miedo de pasar demasiado tiempo pensando, tengo miedo ya de haber pensado demasiado y que por eso mi visita haya durado tan poco, tengo miedo, ¿qué voy a hacer el martes que viene?, no sé, voy a dedicar un momento para recordar el tiempo que yo hubiera pasado en la librería, voy a leer el libro que él no pudo terminar de leer, le dije que se lo tenía que comprar de nuevo, que se lo autocomprara y lo leyera, me dijo que sí, que debería, cuando vuelva quizás el próximo martes, él ya va a tener el libro de Papini, yo voy a haber leído el libro. Quizás podamos prolongar el momento de charla amena entre el librero y la compradora, quizás un día sepa su nombre, no sé si quiero saber su nombre, otro miedo es que se llame, no sé, José, ningún nombre le va a ir bien porque Dios no tiene nombre, capaz que nunca le pregunte su nombre, pero sería raro, si él me pregunta el mío le voy a tener que preguntar el de él. Y otra vez estoy especulando respecto al futuro. Pero bueno, así como el martes duró poco, mi relato va a durar poco, voy a seguir pensando, porque es lo único que puedo hacer, voy a leer el libro, voy a ansiar el martes. No sé muy bien hacia dónde quiero que avance esta situación pero sí sé que quiero que avance. Espero que me extrañe de verdad. Entonces, tendré el próximo capítulo cuando vuelva  a existir un martes, hasta entonces.

miércoles, 18 de abril de 2012

Capítulo I: Una sonrisa divina.

Capítulo I Una sonrisa divina


Después del fin de semana de Semana Santa y de la visita de Martín, con los libros… y los cuentos, me decidí a comprarme un libro de Giovanni Papini, porque me iba a hacer acordarme de él y porque nada… nunca está de más acordarse de Martín, ¿no? Estoy yendo a clases de italiano, así que después de mi primera clase de italiano, no era mi primera clase de italiano, perdón.  Después de la clase de italiano decidí salir a la busca de algún libro de Giovanni Papini que estuviera en su idioma original y qué mejor que leer a un autor en su idioma original. A la cuadra de haber salido de ahí me di cuenta de que había una librería, y estos últimos meses se trataron más que nada de eso, de entrar a librerías. Entré porque me llamó la atención que se llamaba “Libros del camino”, creo, pero el cartel decía “libros nuevos y leídos” y me pareció original, ¿no? Siempre dicen usados, no dicen leídos. Así que parecía un lugar lindo, tranquilo, es una zona medio… medio pedorra, la verdad. Pero bueno, hubo algo que me llamó la atención y era el chico que atendía, tengo algo así como una obsesión con la gente de atención al cliente así que no podía faltar algo así. Le pregunté por libros de Giovanni Papini y extrañamente lo conocía, de hecho tenía unos cuantos, me mostró unos cuantos y la situación estaba como tensa para mí, a mí me parecía que se notaba que a mí me gustaba y no sé… que para él yo también era atractiva en algún aspecto. Me quedé mirando los libros, pensando si me estaba mirando, si no me estaba mirando, no sé, yo no soy muy buena en esto del “arte de la seducción” así que no pude hacer ningún gesto ni algún ritual de esos primitivos que “atraen al macho”. Seguí mirando los libros, había uno que era muy lindo y pensé que iba a salir carísimo, me averiguó el precio y no era caro, también en algún aspecto me había sentido forzada a comprarle algo, porque me gustaba nada más, y yo hago esas cosas. Le compré el libro con la promesa de volver, lancé un “nos vemos” medio vergonzoso que por suerte respondió muy simpáticamente él con un “nos vemos” también, con un “cuidate, un beso”, una cosa muy familiar, así como si nos conociéramos y yo realmente ya sentía que nos conocíamos. Así que me fui con mi libro muriéndome de ganas de que fuera martes de nuevo para poder volver… pasó la semana, así como que sentí que todas las semanas podían pasar así, era martes de nuevo y había pasado un segundo para mí. Tenía que volver a la librería, lo había estado pensando toda la semana, pero tenía que tener una excusa para volver a la librería y como dije que estos meses se trataron de salir a comprar libros o por lo menos entrar a librerías, ya las excusas estaban un poquito agotadas. Entré y estaba hablando por teléfono él, sonrío apenas me vio entrar con una sonrisa, podríamos decir… divina, divina no, como el divino vulgar que se usa ahora, divina como de un Dios, y yo supe en ese momento que lo iba a dejar poco a poco que se fuera convirtiendo en mi Dios, para ponerle un poco de sentido a la vida, ¿no? Cortó el teléfono al ratito y le pregunté si tenía algún libro de Guillermo Martinez que es más o menos rutina ya para mí cuando entro adentro de una librería, no tenía nada más que los típicos y bueno, le dije que no, que me estaba faltando uno, me preguntó cuál, le dije, me preguntó por Papini, así como dejando ver de alguna forma que se acordaba de mí, que se acordaba que yo había estado ahí, que se acordaba qué había comprado y hasta se interesaba en saber cómo me había ido con lo que había comprado, le dije que bien, que era muy lindo, que iba a tener para rato igual porque era muy largo, pero que estaba contenta, que había estado intentando conseguir los libros en italiano y no se podía, me recomendó una librería, yo ya la había visitado. Pero bueno, ahí había que sacar charla un poquito y capaz que estuve lenta…  o estuve Naza. Me quedé mirando los libros un rato, preguntando por algunos, hojeando más algunos que otros, obviamente había un montón de libros interesantes pero el martes había sido bastante desafortunado como para andar con plata en la billetera. Quería decirle que estaba pobre, que la semana siguiente iba a ser distinto, pero… no me animé. Tenía miedo de que sonara como que le estaba regateando algo y yo a él no le regatearía nada porque, no sé, creo que la gente no le regatea cosas a su Dios, ¿no?
Capaz algún día me de vergüenza escuchar esto, no sé si ya no debería darme vergüenza el hecho de que estoy sentada en una plaza… en Callao y alguna calle que desconozco y estoy hablando como si tuviera una conversación telefónica con un grabador de voz. Pero estoy contenta sin embargo, no hay mejor forma para mí de hacer notas mentales que esta, y así con esto del teléfono en la oreja la gente piensa que no estoy loca, que no estoy hablando sola… no sé qué importará, ¿no? Quiero escribir una novela sobre esto, quiero que estas notas de voz me sirvan para escribir una novela, porque no es fácil estar escribiendo en un cuaderno, reescribiendo, tachando… creo que tendría que dejar de hacer silencios, ¿no? La idea es pensar en voz alta.
Quiero volver, quiero que sea el martes que viene, pero también tengo miedo, porque las cosas se podrían poner un poco reales si yo sigo avanzando… le dije antes de irme “voy a volver el martes que viene” y me dijo “como quieras” en un tono muy simpático. En un momento me dijo que tenía una rareza para mostrarme, no pude dejar de pensar que entonces había estado pensando en mí, que había visto la rareza y había pensado que a mí me podía interesar, era un libro de Papini me dijo, una primera edición, cuando dijo primera edición yo pensé solamente “caro”, por suerte no lo encontró, o por mala suerte, por suerte en realidad, suerte, mala suerte, es lo mismo, es suerte al fin. No lo encontró, lo buscó bastante, se quedó cerca mío como pensativo, pensé si no sería una excusa para en vez de estar parado atrás del mostrador estar parado conmigo, se quedó un rato más por ahí, envolviendo los libros… Me gustaba pensar que cada tanto me echaba una mirada a ver en qué andaba yo, por más que yo no podía echarle una mirada a él, por ser muy Naza, pero bueno, tengo que volver el martes que viene, tengo una semana para pensar una excusa, va en realidad vi un par de excusas hoy cuando estuve ahí, lo único que tendría que hacer es juntar plata, y la verdad no está muy sencillo, pero bueno, uno tiene que sacrificar cosas por su Dios, ¿no? Voy a decir entonces, hasta la semana que viene.

viernes, 13 de abril de 2012

La última visita del caballero enfermo.

Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastiano del Piombo, que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Alguno de los que más lo quisieron -yo estoy entre esos pocos- recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos, la languidez habitual de los ojos.

Era, verdaderamente, un sembrado de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños. Nadie le preguntó cuál era su enfermedad y por qué no se cuidaba. Vivía andando siempre, sin detenerse, día y noche. Nadie supo nunca dónde estaba su casa, nadie le conoció padres o hermanos. Apareció un día en la ciudad y, después de algunos años, otro día, desapareció.
La víspera de este día, a primer hora de la mañana, cuando apenas el cielo empezaba a iluminarse, vino a despertarme a mi cuarto. Sentí la caricia de su guante sobre mi frente y lo vi ante mí, con la sonrisa que parecía el recuerdo de una sonrisa y los ojos más extraviados que de costumbre. Me di cuenta, a causa del enrojecimiento de los párpados, que había pasado toda la noche velando y que debía haber esperado la aurora con gran ansiedad porque sus manos temblaban y todo su cuerpo parecía presa de fiebre.
-¿Qué le pasa? -le pregunté-. ¿Su enfermedad lo hace sufrir más que otros días?
-¿Mi enfermedad? -respondió-. Usted cree, como todos, que yo tengo una enfermedad? ¿Que se trata de una enfermedad mía? ¿Por qué no decir que yo soy una enfermedad? Nada me pertenece. ¡Pero yo soy de alguien y hay alguien a quien pertenezco.
Estaba acostumbrado a sus extraños discursos y por eso no le contesté. Se acercó a mi cama y me tocó otra vez la frente con su guante.
-No tiene usted ningún rastro de fiebre -continuó diciéndome-, está usted perfectamente sano y tranquilo. Puedo, pues, decirle algo que tal vez lo espantará; puedo decirle quién soy. Escúcheme con atención, se lo ruego, porque tal vez no podré repetirle las mismas cosas y es, sin embargo, necesario que las diga al menos una vez.
Al decir esto se tumbó en un sillón y continuó con voz más alta:
-No soy un hombre real. No soy un hombre como los otros, un hombre con huesos y músculos, un hombre generado por hombres. Yo soy -y quiero decirlo a pesar de que tal vez no quiera creerme- yo no soy más que la figura de un sueño. Una imagen de Shakespeare es, con respecto a mí, literal y trágicamente exacta; ¡yo soy de la misma sustancia de que están hechos los sueños! Existo porque hay uno que me sueña, hay uno que duerme y suena y me ve obrar y vivir y moverme y en este momento sueña que yo digo todo esto. Cuando ese uno empezó a soñarme, yo empecé a existir; cuando se despierte cesaré de existir. Yo soy una imaginación, una creación, un huésped de sus largas fantasías nocturnas. El sueño de este uno es tan intenso que me ha hecho visible incluso a los hombres que están despiertos. Pero el mundo de la vigilia no es el mío. Mi verdadera vida es la que discurre lentamente en el alma de mi durmiente creador.
"No se figure que hablo con enigmas o por medio de símbolos. Lo que le digo es la verdad, la sencilla y tremenda verdad.
"Ser el actor de un sueño no es lo que más me atormenta. Hay poetas que han dicho que la vida de los hombres es la sombra de un sueño y hay filósofos que han sugerido que la realidad es una alucinación. En cambio, yo estoy preocupado por otra idea. ¿Quién es el que me sueña? ¿Quién ese uno, ese desconocido ser que me ha hecho surgir de repente y que al despertarse me borrará? ¡Cuántas veces pienso en ese dueño mío que duerme, en ese creador mío! Sus sueños deben de ser tan vivos y tan profundos que pueden proyectar sus imágenes hasta hacerlas aparecer como cosas reales. Tal vez el mundo entero no es más que el producto de un entrecruzarse de sueños de seres semejantes a él. Pero no quiero generalizar. Me basta la tremenda seguridad de ser yo la imaginaria criatura de un vasto soñador?
"¿Quién es? Tal es la pregunta que me agita desde que descubrí la materia en que estoy hecho. Usted comprende la importancia que tiene para mí este problema. De su respuesta depende mi destino. Los personajes de los sueños disfrutan de una libertad bastante amplia y por eso mi vida no está determinada del todo por mi origen sino también por mi albedrío. En los primeros tiempos me espantaba pensar que bastaba la más pequeña cosa para despertarlo, es decir, para aniquilarme. Un grito, un rumor, podían precipitarme en la nada. Temblaba a cada momento ante la idea de hacer algo que pudiera ofenderlo, asustarlo, y por lo tanto, despertarlo. Imaginé durante algún tiempo que era una especie de divinidad evangélica y procuré llevar la más virtuosa vida del mundo. En otro momento creí que estaba en el sueño de un sabio y pasé largas noches velando, inclinado sobre los números de las estrellas y las medidas del mundo y la composición de los mortales.
"Finalmente me sentí cansado y humillado al pensar que debía servir de espectáculo a ese dueño desconocido e incognoscible. Comprendí que esta ficción de vida no valía tanta bajeza. Anhelé ardientemente lo que antes me causaba horror, esto es, que despertara. Traté de llenar mi vida con espectáculos horribles, que lo despertaran. Todo lo he intentado para obtener el reposo de la aniquilación, todo lo he puesto en obra para interrumpir esta triste comedia de mi vida aparente, para destruir esta ridícula larva de vida que me hace semejante a los hombres. No dejé de cometer ningún delito, ninguna cosa mala me fue ignorada, ningún terror me hizo retroceder. Me parece que aquel que me sueña no se espanta de lo que hace temblar a los demás hombres. O disfruta con la visión de lo más horrible o no le da importancia y no se asusta. Hasta hoy no he conseguido despertarlo y debo todavía arrastrar esta innoble vida, irreal y servil.
"¿Quién me liberará, pues, da mi soñador? ¿Cuándo despuntará el alba que lo llamará a su trabajo? ¿Cuándo sonará la campana, cuándo cantará el gallo, cuándo gritará la voz que debe despertarlo? Espero hace tiempo mi liberación. Espero con tanto deseo el fin de este sueño, del que soy una parte tan monótona.
"Lo que hago en este momento es la última tentativa. Le digo a mi soñador que yo soy un sueño, quiero que él sueñe que sueña. Esto pasa también a los hombres. ¿No es verdad? ¿No ocurre que se despiertan cuando se dan cuenta de que sueñan? Por esto he venido a verlo y le he hablado y desearía que mi soñador se diese cuenta en este momento de que yo no existo como hombre real y entonces dejaré de existir, hasta como imagen irreal. ¿Cree que lo conseguiré? ¿Cree que a fuerza de repetirlo y de gritarlo despertaré sobresaltado a mi propietario invisible?"
Al pronunciar estas palabras el Caballero Enfermo se quitaba y se ponía el guante de la mano izquierda. Parecía esperar de un momento a otro algo maravilloso y atroz.
-¿Cree usted que miento? -dijo-. ¿Por qué no puedo desaparecer, por qué no tengo libertad para concluir? ¿Soy tal vez parte de un sueño que no acabará nunca? ¿El sueño de un eterno soñador? Consuéleme un poco, sugiérame alguna estratagema, alguna intriga, algún fraude que me suprima. ¿No tiene piedad de este aburrido espectro?
Como yo seguía callado, él me miro y se puso en pie. Me pareció mucho más alto que antes y observé que su piel era un poco diáfana. Se veía que sufría enormemente. Su cuerpo se agitaba, como un animal que trata de escurrirse de una red. La mano enguantada estrechó la mía; fue la última vez. Murmurando algo en voz baja, salió de mi cuarto y sólo uno ha podido verlo desde entonces.


Giovanni Papini. Palabras y sangre.

(no acostumbro subir textos ajenos, pero este lo sentí muy mío)