martes, 2 de agosto de 2011

Se acabaron los principios.

¿Y empezaron los finales? Todavía no.

En casa desde chica me decían que no es bueno maldecir y que nunca hay que odiar a nadie. Tardé mucho en descreer todo eso y empezar a replantearme esa culpa que sentía cuando cruzaba por mi cabeza el "ojalá que se muera pronto" y otros pensamientos de ese tipo. A veces pienso en matar a alguien, y pienso que el sentimiento inmediato sería horrible, pero no sería muy mío, sería más de todos los que alguna vez me dijeron que matar estaba mal. Entonces vendrían los problemas ajenos a volverse míos y me condenarían prejuicios muy superfluos, al aislamiento y a otros castigos. ¿Reflexionaría yo en ese caso? Habiendo estado convencida a la hora de matar de que mi moral (o quizás mi falta de moral) tenía un sustento válido, los días aislada de esa sociedad que nunca me entendió no tendrían tanto de castigo sino un poco más de premio y no cambiarían mis convicciones, nunca. Terminar con una vida debe cambiarlo a uno rotundamente, la concepción del mundo después del acto debe ser tan distinta que no puedo ni imaginarla, ¿será poder? ¿será soberbia?. Si tuviera muchas vidas elegiría una para ser como soy, otra para tener muchos hijos y otra para matar a quien me plazca. Me di cuenta de que nosotros creemos saber mucho, lo cierto es que sabemos de procrear y sabemos de principios, pero no de finales.

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