domingo, 21 de octubre de 2012

Irremediable.

Subterráneo línea D - Once y media de la mañana del treinta de mayo del dos mil doce.

Un chico le pide a una chica que le deje el asiento que ocupa a una mujer embarazada que acaba de entrar al vagón, la chica lo deja pero se muestra temperamental e inicia un monólogo que termina con una pregunta retórica, pregunta que afirma que NO debe ser respondida.

La angustia que siento yo ante todo esto es la misma que refleja en mis ojos su cara, en realidad él no se ha inmutado, pero sé que lo siente tanto como yo; está maldito. ¿Por qué tenía que castigarlo así? ¿Por qué ahora él también se lastima con más preguntas sin respuesta? ¿O acaso soy yo? Lo dejó con la angustia de lo irrespondible, lo que se queda ahí, demandando, y no se va, porque ya es condena y es irremediable. La pregunta está echada.
La situación se asemeja a cuando le dicen a uno que alguien cercano está por morir y le dan, entonces, la última oportunidad de increparlo, como si bastara el tiempo para sacarse las dudas, todas. El tiempo corre, se está apurado por la inminencia de la muerte y se sabe que no se responderá todo, que va a quedar una, esa, sí, justo esa, la que vivirá para siempre en tu mente, pregunta-huérfana-de-respuesta (¿o debería decir pregunta-madre-sin-hijos?).
Él está preocupado, yo lo sé, porque sin esperarlo se metió en un problema, ahora le pesa el monólogo casi absurdo de la chica que se repite en su mente y esa orden, inexplicable, de no responder la última pregunta.
Hay ya en el mundo tanta pregunta sin respuesta y uno camina sin problemas porque sabe que no se le ha negado la posibilidad de responder. El intrincado laberinto puede ser recorrido por quien guste, se dice que la respuesta está, que espera.
Imagino en detalle los próximos sucesos; los días van a pasar y él ya no se va a sentir el mismo, el desgaste será progresivo, pero letal. La pregunta que no puede responder va a pasar a ser todas las preguntas y caminará dudando de cada paso que dé y de su por qué. La desesperación irá en aumento e intentará detenerla, manejará mil opciones en su mente, mil salidas que aún no existen. Va a surgir la idea de buscarla, de devolverle la maldición de la pregunta sin respuesta y ponerla en la misma situación, aquella de quien vive con la duda, la duda de todo. Vagará entonces cada día por el vagón del subterráneo que supo cruzarlos la primera vez y repetirá en voz alta la pregunta, que se deformará al transformarse en sonido y nunca tendrá el peso que tuvo en ese entonces, cuando empezó todo, ese treinta de mayo en que una chica (o todas) supo mirarlo a los ojos y enunciar esa maldición sin contemplar las consecuencias.
Lo cierto es que estoy maldita yo también, no sé si él lo sienta o lo entienda. En esta maldición caímos los dos y tendrá que estar conmigo, querrá que repitamos juntos esa frase, que compartamos el vacío para llenarlo un poco, que vivamos juntos en la no-certeza y padezcamos el insomnio de que esa chica haya lanzado, esa mañana, en ese vagón, la letal y concisa pregunta; "¿no será que el mundo persigue?".