Las cosas se terminan, afortunadamente, y a mí se me está terminando una etapa que marcó mi existencia por completo. Le voy a decir chau a tanta mierda este tres de diciembre, a tanta que no lo voy a poder creer. Y no puedo negar que hay cosas que las voy a extrañar, pero sí que no voy a extrañar que sean las tres de la tarde de un martes y tener que aprender de memoria los nombres de los ríos de cada provincia, solo para vomitarlo al día siguiente en la prueba y nunca jamás volver a usarlo.
Empezó todo hace tanto, todavía no lo puedo creer. La nena de 13 años viajando sola 45 minutos todos los días en colectivo a Capital, 5 cuadras de caminata sola para llegar a ese monstruo implacable; escaleras de mármol, columnas con volutas y techos altísimos, la frialdad del verde inglés por todas partes. Te tratan como un número, y peor, te rodeas de gente de un estrato social más alto (sí naza, todos tienen obra social, es común). Pero crecés, y muchísimo, te acostumbrás a odiarte hasta que algo bueno salga de ese sentimiento, límites, límites por todas partes, pero te los ponés vos, para seguir adentro. Ves a la gente que queda afuera y sabés que no te tiene que pasar lo mismo, las tentaciones están ahí todos los días y vos decís que no por vos y por seguir perteneciendo al Colegio. La mayúscula está ahí siempre "bienvenidos a la Universidad" "la elite intelectual", no te lo creas nunca, porque sino no salís. Lo amás y lo odiás, te encanta saber tanto de tantas cosas y a la vez lo aborrecés. El ciclo está perfectamente diseñado para que después de cinco años estés más que harto y chau. Rompés todo, hacés mucho ruido, una fiesta, muchas fiestas.Se termina, y no lo podés creer, por fin llega el tan esperado día, el fin.